
Si algo puedo afirmar con total seguridad es que las tropas del Imperio Macrosoft no están desmotivadas. El olor a pólvora y sangre impregna nuestros barracones, y nos hace salivar con ansia de destrucción, aniquilación y guerra.
Nada que ver con el minúsculo ejército Patapon de Sonydale, o con las tristes hordas de Pikmin que el Reino Champiñón envía de vez en cuando a patrullar sus fronteras. Mis tropas marchan con paso firme en el campo de batalla, y el ruido de sus pasos firmes resuena con la fuerza de mil tambores de guerra.
Pero no hay que despreciar el coraje de estos patapones, que se atreven a intentar salvar a la PSP con exactamente las mismas armas que en su anterior entrega. Puede que estemos ante la secuela con menos variedad con respecto al original de la historia de los videojuegos, pero quizás la estregia de nuestro rival no sea del todo errónea: si le primer Patapon fue una auténtica maravilla, ¿para qué cambiar las cosas y arruinarlas, como ocurrió con LocoRoco 2?
Las temibles legiones de patapones me quitan el sueño con su diabólico mantra de "pata-pata-pata-pon", e inundan mis pesadillas con la sangre derramada de mis compatriotas. ¿De qué sirve haber acabado con los Covenant y los Locust...? ¿¡De qué nos sirven tantos gráficos y armas sofisticadas, si luego el mejor juego de guerra y ritmo está protagonizado por un bichejo que ni siquiera tiene nariz!?
(Mejor que nadie se entere de que yo tampoco tengo...)
2 comentarios:
Arturo
Me parece bien que conbinen un juego de violéncia con algo de ritmo. POrque en el juego si pierdes el ritmo....la fallaste.
Pata pata pata pom.... es total!
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